La distribución de la tierra no es suficiente para el desarrollo rural de los agricultores.

Recomendaciones a partir de la experiencia de la reforma agraria en Italia.

Santiago B. MARIÑO
08 / 2004

La reforma fundiaria en Italia: respuesta a la lucha campesina

Después de la Segunda Guerra Mundial, la situación rural de Italia era de una estructura feudal con grandes latifundios y un gran colectivo de trabajadores del campo empobrecidos, padeciendo malas condiciones de vida y sin derechos de ningún tipo.

El 50% de la población de Italia era rural y con gran influencia del Partido Comunista, que había liderado la lucha campesina con gran fuerza. El fascismo había protegido a los latifundios, pero la historia de lucha campesina resurgió en esta época con gran fuerza con ocupaciones de tierras, presos, enfrentamientos y muertos.

En estas circunstancias, en los años 50, el gobierno de la Democracia Cristiana promulga la reforma agraria para repartir tierras de latifundios a pequeños agricultores, como respuesta a las luchas campesinas. Esta reforma tuvo más impacto en el sur del país, algo en el centro y menos en el norte.

Se repartieron parcelas de 5 a 10 ha, según calidad del suelo, orografía y situación, sobre todo en el suelo de llanura. Junto a la tierra, se entregaba una casa y maquinaria para el trabajo. Se aplicaron diferentes modelos de asentamientos: se parcelaron nuevas tierras no agrarias, se construyeron nuevos pueblos, etc.

Posteriormente, siguió habiendo reivindicaciones campesinas por semillas, recursos genéticos locales, comercialización, etc. A cambio, el Estado permitió mantener bajos salarios rurales y alivió de impuestos en las zonas rurales de la reforma agraria.

La situación cincuenta años después: la dependencia comercial

La agricultura que se practica hoy en día en las zonas de la reforma agraria es una agricultura industrial, en unidades de producción individuales fragmentadas, con una comercialización individual y con procesos de concentración de la propiedad.

La producción está muy especializada por cultivos en distritos productivos en los que se desarrolla toda la cadena comercial en un solo producto, como por ejemplo en la Basílica, donde hay 100 ha de fresa, y esta orientación es un modelo agro-exportador muy dependiente de un solo producto, en un mercado europeo de precios muy variables.

Actualmente en el sur de Italia, sólo el 20% de la comercialización está en manos de los agricultores, el 3% lo transforman en industria, y el esto está en su mayoría en manos de comercializadores mayoristas privados.

Actualmente los agricultores no controlan su desarrollo: reciben asistencia técnica, créditos e insumos de los grandes comercializadores privados que les indican qué y cómo cultivar, pero sin garantías de precios. En productos frescos no protegidos, el precio lo establece el mercado y los comercializadores privados no ofrecen precios garantizados, y como tienen toda la fuerza, el precio que pagan siempre está muy por debajo del precio al consumidor.

Las experiencias colectivas de cooperativas promovidas por la izquierda fracasaron. Las cooperativas intentaban competir en el mercado con las mismas estrategias que los comercializadores privados, los precios de compra de productos eran parecidos, tuvieron problemas de gestión, de deudas y muchas cerraron.

Actualmente se vuelve a hablar del problema del acceso a la tierra por los precios desorbitados del suelo, pero con los antecedentes de las cooperativas, es muy difícil conseguir apoyos para una vía colectiva de organización.

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