Malawi quiere una agricultura para todos

La inexistencia de una ley sobre reforma agraria dificulta la formación y establecimiento de los agricultores indígenas.

Germán Giner SANTOJA
08 / 2004

Ella es una mujer que me impresionó por su sencillez. Su vestido negro contrastaba con su amplia sonrisa. Cuando nos sentamos, la timidez y el respeto era lo único que teníamos en común. Su nombre es Esther Moyo, nació y vive en Malawi, donde participa en un movimiento social llamado Land Advocacy Network Action Aid. Ella es periodista y era la primera vez que pisaba Europa.

Su inglés me transportó a la realidad de Malawi, marcada por la necesidad de una ley que garantice el acceso de los agricultores a la tierra. Ella remarcó, no obstante, que existe una nueva política en el gobierno, que pretende redistribuir las tierras, pues la mayoría se encuentra en manos de los grandes propietarios. Estos latifundios, plantaciones muy extensas de tabaco y café, son fruto de la política colonial inglesa, que incluso continuó tras la independencia en 1964 y tras la democratización del país en 1993.

No fue hasta el año 2002, apuntó Esther, que verdaderamente empezó a aplicarse esta política de redistribución. El gobierno compraba tierras a los grandes propietarios, en su mayoría empresarios de otros países, las distribuía entre la población rural, y las regularizaba mediante un registro. Fue en ese año cuando ella empezó a trabajar con el movimiento social. Su trabajo diario consiste en visitar a los agricultores indígenas para explicarles los fundamentos de esa nueva política gubernamental, y aportarles ideas para mejorar su agricultura. Pero eso no es tan fácil, me dije, y le pregunté por qué.

Ella me describió a los indígenas de Malawi como agricultores sin tierra, aunque acceden a ella en forma irregular. El tamaño medio de las parcelas que poseen estos pequeños agricultores es de 0,2 ha. Su principal cultivo es el maíz. Esto les obliga a practicar una agricultura de subsistencia. Sin embargo, la soberanía alimentaria en Malawi no está asegurada, a causa de los altos precios de los insumos como semillas, fertilizantes, etc. Además, precisó que el 56% de la población rural de Malawi no tiene tierras para cultivar.

Otro de los problemas existentes es la presión ejercida por los grandes propietarios –conocidos como “chiefs”- sobre los nuevos e indefensos agricultores. En las aldeas y poblados malawis, el poder lo ostentan estos chiefs, que se oponen a esta redistribución de las tierras y muchas veces fuerzan a los indígenas a abandonar sus pequeñas propiedades. Esta situación es más tangible en el sur de Malawi.

Frente a ello, el gobierno ofrece ayudas para permitir el establecimiento de las familias en el ámbito rural. Estas ayudas, conocidas como “starter packs”, consisten en insumos que el gobierno da a los pequeños productores. Pero no son suficientes, ya que debido a la ley existente benefician principalmente a las personas de más edad. La gran mayoría de estos “ancianos” (la esperanza de vida es de 37 años) no trabaja la tierra, y vende estos insumos a aquéllos que pueden comprarlos, éstos son de nuevo los chiefs.

Por otro lado, Malawi también recibe fondos monetarios del FMI y del Banco Mundial, y alimentos por parte del Fondo de Población de las Naciones Unidas, UNFRA.

Este panorama me resulta desolador. Al pedir su opinión acerca de la política agraria de Malawi, Esther me animó diciendo que es una buena política, ya que vela por la seguridad de la tierra y la seguridad alimentaria.

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